martes, 27 de abril de 2010

El fin del mundo es para los tristes

Afuera.

Afuera no se podía salir, y la mayoría de las veces no nos atrevíamos a salir. Había saqueos, pestes, gritos, corridas. Afuera era la muerte. Yo salía por las mañanas una vez por semana a conseguir provisiones, y a veces no salía durante semanas si todavía teníamos lo necesario. Pasábamos mal si uno estaba afuera. Por suerte seguíamos teniendo lo necesario. No sabíamos bien cuándo fue que todo se puso así. Fue lento y nos había llevado mucho tiempo acostumbrarnos. Antes podíamos ver los informativos que decían que hubo un terremoto en una isla que ahora estaba bajo el mar y que ya no era parte del mapa. Eso empezó a suceder con frecuencia y en la calle se empezaron a vender nuevos mapas y en las escuelas a enseñar nuevos mundos. Después fue una gripe que mató a millones de personas, pero acá se murió uno solo. Acá, como siempre, como una eterna comodidad, todo seguía llegando más tarde. Eso fue así durante un tiempo entre desastres naturales y enfermedades muy poco naturales. Las grandes potencias enfrentaron juicios por inventar enfermedades pero mientras tanto el mundo entero cumplía la sentencia. Un día se dieron cuenta de que casi no quedaba hielo en los polos y las ciudades sobre la costa comenzaron a inundarse, pero en la escuela hacía tiempo que ya se enseñaban nuevos mapas.

Fue todo muy lento pero sólo si se piensa en cuestión de tiempo real. Nosotros lo habíamos vivido, y lo habíamos vivido de principio a fin. Pero una generación lo tenía que vivir como había pasado con todas las cosas. Uruguay campeón del mundo, la llegada del hombre a la luna y el verano del amor, las dictaduras, la globalización, el calentamiento global y el fin del mundo.



Adentro.

Desde adentro Montevideo seguía allí, no en pie, pero allí. La caldera silbaba en la cocina donde nunca pasó nada, donde seguíamos conversando hasta tarde sentados a la mesa mientras el tic tac del reloj seguía sonando, donde todavía fumábamos mientras discutíamos sobre la gente antes de irnos a la cama, a donde el fin del mundo todavía no había llegado. El color fuerte y amarillento del sol entraba por la ventana durante el día como un claro signo de que allí no hubo tragedias. Nos seguía gustando el sol que entraba por la ventana y que se colaba entre las cortinas naranjas para posarse sobre la mesa plegable que se apoyaba en la pared contraria. El humo del agua caliente cayendo sobre la yerba seguía saliendo. Seguíamos tomando mate y escuchando música.

En los enchufes había corriente aunque ahora no llegaban facturas de nada, también había teléfonos pero no sabíamos si encontraríamos a alguien del otro lado del tubo. Ahora ya no había señales de televisión, a excepción de una señal de emergencias en la que un tipo informaba al resto de la población de los cuidados que había que tener en este nuevo orden de las cosas, pero gracias a una obsesiva colección de películas y series en Dvd todavía podíamos ver otra cosa en la tele.

De tarde nos tirábamos en el sillón a leer. A veces estudiábamos por inercia aunque ya no hubiera universidades, pero más que nada leíamos todas las historias que la vida antes del ocaso había dejado en los libros que ya no entraban en la biblioteca y que también ocupaban parte del suelo del living. Yo seguía escribiendo para tener de vez en cuando nuevas historias que leer. Desde adentro se veía todo, pero sólo nos gustaba mirar el sol que entraba por las ventanas y si estábamos sentados se veía el cielo que todavía era celeste. No sabíamos cuánto iba a durar y ya no nos importaba. Todavía teníamos frazadas. Todavía nos teníamos los dos.

lunes, 22 de febrero de 2010

Ego I (nota publicada sobre el botija que cuenta)

Alma Singer II | Message (of love) in a bottle
Jueves 18 de febrero de 2010. Buenos Aires, Argentina.

El blog de Pepe da para desenchufar la laptop, llevarla a la cama, ponerte un almohadón en la panza que le de altura y acomodar la apertura de la pantalla para que estés bien cómoda (o) leyendo. Una taza de café al lado no vendría nada mal y, en invierno, un gato a tus pies ni hablar (Carcajadas, olvidate de asociar la escena con la cat lady de los Simpsons). Es el blog de un escritor o, según su autor, de un botija que cuenta.



Pepe me dijo que lo presente como lo haría Alma. El problema es que cuando me tocan el alter ego siento una presión inexplicable (Alma lo hace mejor que yo, se los aseguro). Entonces pienso más en la persona que en el porqué de su presentación. Pepe el redactor publicitario uruguayo laburando en Ecuador, el de la cerveza en la mano en una ridícula fiesta de disfraces en Salinas, el anfitrión perfecto por menos de dos horas en Quito, el que escribe mails como si fueran epístolas del siglo XIX, el que se toma el tiempo para darle valor a las cosas, el que cruza medio continente para traer algo más que piezas publicitarias de competencia, el que en menos de cuatro días en Buenos Aires descubre Sopa de Príncipe y rescata un muñeco de tela adorable…



Pepe es pura creatividad y expresión con altas dosis de romanticismo (en el sentido concedido por el movimiento cultural de fines de siglo XVIII, nada de telenovelas mexicanas…). Le da prioridad a los sentimientos y al encuentro, y hasta podría sugerir que vive de ese halo especial que desprenden las palabras. Por eso no me sorprende que se haya emprendido en un proyecto sumamente romántico: tirar botellas al mar con cartas para un náufrago (de ahí viene la selección del tema, disculpen la obviedad).




Así como lo leen. Este espadachín de la justicia se sube al bote de un amigo, se va lo más mar adentro que puede con esa embarcación y lanza una botella al mar con destino incierto (esperemos que no lo sea tanto y llegue donde deba llegar). De un náufrago a otro, así sin más, con un solo mensaje:


"Creo que nunca quisiera irme de aquí y ahora escribo esto para que no te sientas solo y puedas entender que tu lugar y tu hogar será donde tengas amor. Y el amor en estos casos es construir y sobrevivir. Aquí puedes hacer lo que quieras y nunca habrá nadie para decirte que no lo puedes hacer. Solamente queda tiempo para ser feliz y espero lo puedas lograr más o menos tan bien como lo he hecho yo."


Suspiro… así da gusto perderse en alta mar. ¿Qué más dirá la carta? se preguntarán. Y yo retruco, ¿para que develarlo si podemos darle lugar a la esperanza de que alguna vez nos llegue una botella mientras jugamos en el mar?

Pepe Montoro
http://elbotijaquecuenta.blogspot.com/

parapepe@gmail.com

Las fotos de la máquina de escribir que acompañan este post las saqué hace dos días en el taller de Ale Raimundo, artista cuyo trabajo y taller voy a presentar la semana que viene en Alma Singer. Quédense cerquita que vale la pena.


Publicado por Verónica Mariani en http://www.almasingersings.blogspot.com/

lunes, 25 de enero de 2010

Qué

No digas nada si tan solo te aprendo.
Salgo a buscarte
Y te enseño mi alma para estudiar
Y mis mañas de repasar.

Busco una sonrisa sin motivo.
Sin esfuerzo ni compromiso,
Sin alarmas ni alabanzas,
Una sonrisa de sólo dar.

Busco tu pestañeo lento.
Ese que no sale a las calles
Ni se pasea junto al viento.
Sino ese que tan solo es mío.

No digas nada si tan solo descubro
Para que también tengas
De esas cosas de salvar

No digas nada si apenas te miro.
Apenas eso antes que digas qué.

miércoles, 13 de enero de 2010

La extraordinaria historia de Displicencia Benítez y sus 33 Orientales

En Argentina hay una ciudad que tiene 32 cuadras para un lado y 32 cuadras para el otro. En esa ciudad todo el mundo se conoce porque por algún motivo, cualquiera que fuere, todos sus habitantes estuvieron en alguna de esas 32 cuadras más de una vez y siempre fueron caminando. En esa ciudad nadie tiene la necesidad de utilizar un automóvil, claro que hay un sistema de transporte en ómnibus, pero cualquier trámite, por muy complicado que sea y por mucho tiempo que lleve, no queda a más de 32 cuadras de distancia, entonces todas las personas que viven en esa ciudad van caminando a todos lados. Se dice que en ese lugar las personas tienen las piernas particularmente entrenadas y bien formadas. Asumo que se debe a todo lo que caminan. Pero también hay algunos que además de caminar, juegan al fútbol.

Por fuera de esas 32 cuadras existe una cancha de fútbol de características míticas y legendarias, y son míticas y legendarias (las dos al mismo tiempo) porque nadie sabe cuánto de todo lo que se dijo alguna vez se ha comprobado. Lo que sí se sabe es que en ese potrero era local un equipo de fútbol conformado por jugadores que vivían en la ciudad. Nadie puede asegurar en verdad cuántos eran aunque muchos aseguran que eran 33, tal como figura en su nombre: Displicencia Benítez y sus 33 Orientales. Se dice que el Displicencia Benítez estaba formado por jugadores que vivían cada uno en una de las 32 cuadras de la ciudad y que había uno de ellos, tan sólo uno, que no era de ahí y ni siquiera era argentino. Era un uruguayo, Julio Benítez, el número 33.
Julio Benítez había venido desde muy lejos y había permanecido en la ciudad de las 32 cuadras durante un tiempo en el que estuvo solamente de visita pero durante esos días Julio se sumó a ese equipo de fútbol para jugar la extraordinaria final de uno de los campeonatos más recordados de la historia del fútbol mundial aunque se sepa muy poco o nada sobre ese partido en los países limítrofes y no limítrofes. De hecho, nadie sabe nade ni conoce de la existencia de Displicencia Benítez y sus 33 Orientales, pero ese día, al caer la noche, Julio Benítez y su equipo de estoicos jugadores fueron los más grandes del mundo. En esa ciudad que tiene 32 cuadras para un lado y 32 cuadras para el otro, nadie habla de Barcelona ni del Manchester United, ni siquiera de la Juventus ni de ningún cuadro del viejo continente. En esas calles se sabe del Displicencia Benítez y sus 33 Orientales.

Corría el mes de febrero en la ciudad y todavía se podía sentir el pesado calor del verano por todas partes. Ese año anterior el campeonato de liga, que debió finalizar antes de fin de año, había permanecido suspendido por una huelga de estudiantes (la más larga que se recuerda en la ciudad) que no permitía dar continuidad al torneo ya que si no se dictaban clases, no se podía jugar al fútbol y la mayoría de los jugadores que luego fueron parte del Displicencia Benítez apoyaban la huelga. Lo peor de todo es que la huelga de estudiantes había dejado pendiente un solo partido y era la final. El 2 de noviembre de un año que no puedo confirmar se había desatado el conflicto estudiantil, apenas 10 días antes de disputar la final, que eventualmente se jugaría en aquella noche de febrero del año siguiente.

El equipo se había entrenado durante todo el año haciendo ejercicios extras a los regulares. Entre los compañeros de equipo se compartían los trámites que todos debían realizar para poder caminar algunas cuadras de más y muchos hasta hacían varios trámites en un mismo día. Cuando comenzó la huelga, algunos iban a la Universidad para saber cómo se desarrollaba el conflicto y esperar a que se resolviera y además para caminar la distancia que tenían desde sus casas. No se sabe mucho sobre lo que pasaba con el equipo durante el tiempo que duró la huelga en la Universidad. El equipo cuyo nombre nadie conocía hasta aquella extraordinaria final en la que se rebautizó la formación había disputado algunos partidos amistosos no oficiales para mantener la actividad pero nunca se supo dónde se jugaron ni cuáles fueron los resultados logrados. Cuando la gente pregunta sobre la historia del Displicencia Benítez y sus 33 Orientales nadie sabe nada más que lo que sucedió en aquella final y esa información la tienen algunos de los que creyeron en la historia, pues nadie vio ese partido con sus propios ojos.

Después de los festejos de año nuevo y ya a mediados del mes de enero, el equipo se juntó en la puerta de la Universidad para intentar participar de las negociaciones que ese día no llegaron a buen puerto. Poco después del mediodía, la policía de la ciudad reprimió contra los estudiantes en la puerta de la Universidad y se llevó detenido al que hubiese sido el back derecho de Displicencia Benítez. Sus compañeros intentaron recuperarlo pero no se podía ir contra los milicos y hubiese sido peor si hubiesen perdido a otro jugador, así que decidieron esperar hasta la noche para ir a la seccional en la que lo habían encerrado para tratar de sacarlo. El capitán del equipo, el Boli, y su padre, un científico químico o matemático, un tipo de carácter intelectual al igual que el Boli, se pararon frente al mostrador de la seccional de la ciudad para pedir la libertad de su amigo y back derecho del equipo. El comisario de turno, de bigote espeso y ojos pequeños, no dijo una sola palabra y un joven oficial de mínimo grado que estaba parado muy cerca les informó que esa noche no se liberaría a ningún prisionero y que además esperaban órdenes del gobierno central para tomar una decisión sobre ellos. El joven uniformado les explicó de buena manera que era muy seguro que lo liberaran en las próximas horas ya que el gobierno central rara vez enviaba órdenes a esa seccional.

Pudo haber sucedido de cualquier manera, pero pasó así. Ese puesto de back derecho lo terminó ocupando Julio Benítez, el uruguayo. Había llegado en barco y se había quedado en la casa de una antigua novia argentina que tenía en la ciudad de las 32 cuadras y cuando los integrantes del equipo se enteraron de su regreso a la ciudad se comunicaron inmediatamente con él para pedirle que jugara ese partido. El equipo, por normativa de la organización de fútbol correspondiente a ese torneo, permitía tener a un solo extranjero por equipo, puesto que era perfecto para Benítez. De esa manera quedó conformada la histórica alineación que disputó la final.

El día del partido había amanecido totalmente despejado y el calor había endurecido y resquebrajado la tierra de aquel potrero en el que el Displicencia Benítez y sus 33 Orientales jugaba de locatario. El que vivía en la cuadra más lejana pasaba a buscar al siguiente y así sucesivamente hasta que se juntaban todos en la casa del que vivía más cerca de la cancha para comenzar con la procesión hacia los pobres establecimientos del predio y ubicarse en el vestuario que les correspondía, vestuario que nadie nunca vio además de los jugadores que integraban el equipo, y ellos nunca dieron un solo detalle de lo que existía ahí dentro.

Llegaron tres horas antes del comienzo del partido y se atrincheraron en aquel vestuario para concentrarse y estudiar los movimientos que iban a realizar. El equipo rival, el Rayo Rojo, arribó a la cancha apenas una hora antes del partido y desde el vestuario locatario se dice se podía ver la llegada de todos los rivales que ingresaban a su cancha. El tiempo había pasado demasiado rápido y ya estaban sobre la hora del pitido inicial. Con sus canilleras puestas, botines y remera impecable recién planchada, el Displicencia Benítez y sus 33 Orientales con Julio Benítez parado en la zaga salió a la cancha para jugar el partido final del campeonato.

El árbitro, que había dirigido cientos de partidos de la liga de la ciudad y de afuera también, dirigió en esa final, su último partido. Completamente de negro, se paró en la mitad de la cancha con pelota en mano y observaba panorámicamente la formación de ambas escuadras. Y cuando quedó todo pronto para dar comienzo el partido a las 20:00 horas exactamente, colocó la pelota del encuentro en el punto medio de la cancha del Displicencia Benítez y aguardó a los capitanes para realizar el clásico sorteo. Los hombres de Julio Benítez eligieron cancha porque un verdadero estratega elige siempre la cancha antes que el saque ya que solamente así se pueden ver las intenciones del rival dentro de la cancha.

El partido comenzó trabado en la mitad de la cancha. Ambos equipos se limitaban a evidenciar al rival y Julio Benítez ya se había destacado salvando un gol en la línea del arco ya con el portero vencido y en el suelo. Por el lado de los 33 Orientales, habían estrellado una pelota en el palo izquierdo del arco del Rayo Rojo aunque había sido luego de un desvío en la pierna de un defensa. En los minutos 40 y 43 de ese primer tiempo el Rayo Rojo se había puesto arriba por 2 goles a 0. Los hombres de Julio Benítez no pudieron con la velocidad de un delantero cuyo nombre se desconoce pero podía correr más rápido que su propia sombra. Entre la bronca y el calor del potrero el árbitro del encuentro sacó dos tarjetas amarillas para cada lado lo que fue el saldo de agresividad que dejó el primer tiempo en aquella cancha. Los dos bandos se retiraron sin decirse una sola palabra y sin mirarse hacia el vestuario correspondiente.

Esta parte de la historia nadie la sabe, ni siquiera yo. Lo que sucedió en el vestuario locatario en donde descansaba el Displicencia Benítez y sus 33 Orientales durante esos 15 minutos de entretiempo es un misterio, pero fuere lo que fuere cambió el rumbo del partido y les dio a aquellos 33 Orientales el coraje y la fuerza necesaria para intentar revertir el marcador del partido. Hay pocas personas en el mundo capaces de generar ciertas emociones en un jugador de fútbol. Se dice que el que habló primero en aquel vestuario fue el capitán del equipo, pero que el verdadero hombre de la noche fue Julio Benítez, el uruguayo, el que había venido desde muy lejos para irse con una victoria de la cancha. Escuché también a algunos que dicen que nunca se dijo una sola palabra dentro de esas paredes y que cada uno sabía muy bien lo que tenían que hacer dentro de la cancha para dar vuelta el partido y que la unión de equipo a la que llegaron en ese segundo tiempo había sido mística.

Cuando los dos equipos volvieron a la cancha se miraron como se debían mirar dos ejércitos enemigos desde la distancia de los antiguos campos de batalla. El último pitido inicial tuvo lugar alrededor de las 9 de la noche, con el cielo definitivamente negro y en el primer centro largo que trepó hacia las estrellas nocturnas fue conectado de cabeza por Julio Benítez abriendo el marcador para el Displicencia Benítez que en los primeros minutos del segundo tiempo acortaba la diferencia. El Rayo Rojo respondió velozmente con una pelota envenenada que parecía caer en el centro del área y casi se le cuela al golero detrás del cuerpo que salvó el arco en el último instante tirando la pelota al corner con la punta de los dedos. El capitán de los 33 Orientales despejó ese corner y la pelota quedó en los pies de un delantero Oriental que sacó desenfrenadamente un contragolpe letal que terminó en el segundo gol del Displicencia Benítez. El marcador se ponía 2 a 2 y quedaban más de 30 minutos por jugar del segundo tiempo que luego del empate se estancó con golpes, fouls groseros, quejas, pelotazos, pases errados, y pelotas en los palos para ambos lados.

Con el paso de los segundos, las dos escuadras sintieron la mochila del desempate y luego de un pique neutral en cancha de Rayo Rojo a raíz del ingreso de un perro en la cancha, Julio Benítez punteó la pelota hacia delante y corrió hacia el área. Corrió lo más rápido que pudo. Podía ver a los rivales que se le encimaban cada vez más hasta que uno de ellos lo derribó en el borde del área y el árbitro acusó la falta, viéndola adentro y últimamente cobrando penal. Su picardía le daba la posibilidad a los de Displicencia Benítez de ganar el encuentro en los últimos segundos del partido. Cuando se levantó de la tierra, Julio Benítez tomó la pelota entre las manos y se hizo de la responsabilidad de ejecutar la pena. No le importó el terreno y no limpió la zona donde posó la pelota para patear. Aquella cancha le era familiar a los 33 Orientales pero no a sus rivales y sabía que cualquier pique podía sorprender al arquero. Tomó tan solo 5 pasos de carrera y eso que Julio Benítez no era un hombre de gran zancada. Todos miraron el balón que resplandecía a la luz de la luna y las pocas luces de la cancha. Se hizo un silencio profundo que sólo fue interrumpido por el pitido del árbitro que dio la orden de ejecutar el disparo penal. Julio Benítez se abalanzó lentamente hacia la pelota y encajó un derechazo tremendo que se clavó cerca del palo. Al mismo palo al que había volado el arquero de Rayo Rojo al que no le alcanzó el esfuerzo para alcanzar a rozar el balón. El back derecho del Displicencia Benítez y sus 33 Orientales le daba una increíble victoria a todo el equipo y le daba el título de campeón a una escuadra de la que nunca nadie supo nada.


Existe una ciudad que tiene 32 cuadras para un lado, 32 cuadras para otro y un equipo de fútbol de 33 hombres. Ellos fueron héroes durante un breve instante en la historia del fútbol y esta fue su pequeña pero extraordinaria historia.



Ficción basada en un equipo de fútbol real.
Dedicada al Boli. 1 de los 33 Orientales

lunes, 7 de diciembre de 2009

El vendedor de jazmines

El vendedor de jazmines colocaba sus flores en una mesa al costado de la calle en una esquina de la ascendente Montevideo. Tomándose su tiempo para montar su puesto colocaba uno al lado del otro los jazmines que se exhibían a los transeúntes para quien deseara comprarlos y las más veces pasaba muchas horas solamente contemplando sus flores y la callejuela. Había quienes pasaban de largo y apenas dirigían el ojo para comprobar aunque sea a lo lejos la existencia de aquel comerciante. Como muchos de los negocios de aquella ciudad, este también era zafral y podían pasar incontables días y semanas antes de vender siquiera un solo jazmín, pero el vendedor conocía las rachas de sus ventas y la mayoría de las veces ni siquiera se resignaba de vender aunque fuera un par de flores.

En aquellos años '40, Montevideo era una ciudad efervescente. Los automóviles europeos que por esos años inundaban la metrópoli se aparcaban en 18 de julio y de ellos bajaban los hombres de las más altas clases a pasearse en sus trajes oscuros y elegantes, con sus mujeres en sus brillantes vestidos de terciopelo, haciendo ruido al pisar con sus costosos zapatos deslumbrantes camino a los grandes teatros donde se reunía por aquella época la elite montevideana. Y siendo un hombre de la calle, el vendedor de jazmines conocía las agendas de aquellas juntas a las que siempre había querido acceder, pero que también había aprendido a resignar durante mucho tiempo pues su suerte no era la de un hombre adinerado.

Fue en el año 1951 cuando en los diarios figuraba una noticia que preocupaba a esta alta clase social. La mafia había comenzado a sobresalir y de a poco tomaba las calles. Había un problema de jurisdicciones sociales. La mafia reclamaba lo que había sido suya durante algunos años y que ahora era rápidamente ocupado por la clase política más alta del Uruguay de la época, los teatros. Algunos días atrás, un senador había sido asesinado detrás del Cine Plaza y la policía había argumentado que la mafia, que de a poco salía de una devaluada clandestinidad, era responsable del derrame de sangre. Pero como en toda ciudad de enriquecidas minorías, la policía defendía silenciosa pero firmemente los intereses de esos espectros sociales y por ello la mafia debía moverse con cierta cautela por Montevideo.

Aquel crimen había sido simplemente el comienzo de una disimulada batalla por esos espacios públicos que eran de mutuo interés. En los periódicos en los que se manejaban esas noticias se había informado que el cuerpo muerto del senador llevaba un jazmín en el traje como firma de autoría, por lo que era ciertamente probable que aquella flor hubiera sido adquirida a un vendedor de jazmines de la zona. Por esos días la competencia no era mucha y eso rápidamente asociaba a nuestro vendedor al crimen perpetuado por la mafia, quien sin desearlo había vendido una de sus flores a uno de los más conocidos mafiosos de la ciudad, al que además era difícil de identificar pues los hombres que eran parte de aquella disputa se vestían de igual manera ya que nadie quería ceder terreno y la vestimenta era una clara postura. Recordaba a los hombres que habían parado en su puesto porque no eran muchos, pero no había forma de saber quién era quién, por lo que decidió no aventurar ninguna decisión de retirarse del negocio antes de convertirse en un sospechoso.
El vendedor de jazmines desmantelaba su puesto cuando el sol caía y caminaba de regreso a casa. Esa noche de diciembre desarmó la mesa, juntó las flores, se puso el diario bajo el brazo y caminó, ya entrada la noche, por las calles del centro hacia su casa. Pensaba que era probable que la policía ya lo tuviera identificado aunque nadie se hubiera acercado a preguntarle nada, pero tampoco podía sentirse parte de algo que no había cometido. Él simplemente vendía jazmines. Así que al día siguiente decidió volver con su puesto a aquella esquina de la ciudad y continuaría con su trabajo.

El centro de una urbe en crecimiento comienza el día a muy tempranas horas y el vendedor de jazmines no era la excepción del paisaje montevideano. Colocó su mesa, esta vez, parándose, no en ángulo hacia la esquina, sino que se recostaba contra 18 de julio para tener una visión interesada de la entrada al Teatro El Galpón y su marquesina. El vendedor ponía lentamente en exhibición todos sus jazmines, mientras observaba que de un coche que estaba estacionado sobre la acera de enfrente se bajaba un hombre de traje, mientras otro permanecía en el auto y le clavaba la mirada al vendedor de jazmines. El hombre caminó pausadamente sin levantar sospecha alguna hacia la esquina de Minas y 18 de julio donde se encontraba el comerciante de flores.

-Buenos días. –Dijo el hombre de traje oscuro y rayas claras verticales apenas visibles que hablaba mientras sostenía un cigarrillo en su mano izquierda.

-Buenos días. –Respondió el vendedor de jazmines mientras colocaba las últimas flores sobre la mesa.

-Es una hermosa mañana ¿verdad? –Preguntaba el hombre buscando conversación.

-En verdad lo es.

-Sabes, tienes unas preciosas flores aquí y los jazmines son mis favoritas. ¿Cómo es tu nombre? –Preguntó el hombre de traje provocando que el vendedor de jazmines que aunque conocía la calle no podía evitar ponerse muy nervioso, pero intentando mantener la compostura le respondió. –Gerónimo.

-Pareces un buen chico Gerónimo. Mi nombre es Vittorio. ¿Sabes quién soy? –Preguntó sin la más mínima sensación de intranquilidad. Por supuesto que el vendedor de jazmines sabía quién era Renzo Vittorio cuando su nombre estaba en los periódicos y era el número uno en la lista de autores del asesinato del senador de algunos días atrás. De cualquier manera prefirió no llamar la atención y respondió que no.

-Eso está bien. –Hizo una pausa y prosiguió.- ¿Te gusta lo que haces Gerónimo?

-Sí. –Dijo el comerciante intentando decir lo menos posible.

-Me parece muy bien. –Dijo entregando un billete a Gerónimo, quien lo tomó y el hombre de traje lo cambió por dos jazmines.

-Adiós Gerónimo. Hasta la próxima. –Dijo Vittorio, poniéndose el cigarro en la boca y dirigiendo una última mirada que se escondía debajo de la visera de su sombrero del mismo color del traje mientras daba media vuelta y regresaba con los jazmines en la mano al coche que nunca había apagado el motor. El vendedor de jazmines no dijo más nada y lo observó mientras se alejaba en el auto.

El día transcurrió con cierta normalidad a excepción del coche de policía que circulaba por la calle observando a Gerónimo y sus jazmines esperando al hombre que hace algunas horas ya había pasado por allí. Se lo habían perdido, pero Gerónimo no podía abrir la boca aunque si en el periódico de mañana aparecía otro político muerto con un jazmín sobre su cuerpo, estaría más implicado que nunca. Así que cuando vio que los policías no miraban, Gerónimo se dispuso a desarmar el puesto de jazmines y desparecer del lugar.
Dejó todo en su casa ocupándose de que nadie lo viera entrar y esperó hasta la tarde en soledad. Cuando el sol estaba bastante bajo, lo suficiente para esconderse detrás de los incipientes edificios del centro, se puso una boina y un saco de tela y volvió a las cercanías del Teatro. No era tonto, pero tenía curiosidad por ver si algo sucedía esa misma noche en aquel mismo Teatro. La policía continuaba vigilando el lugar mientras Gerónimo se limitaba a sentarse en un banco y aguardar, mirando la ciudad y sus automóviles en movimiento haciendo pasar el tiempo.

Transcurrieron unos minutos hasta que las luces de la ciudad eran lo único que brillaba en el cielo. A esa hora de la noche ya se paseaban los hombres de traje y sus mujeres refinadas por la calle hasta agolparse en la puerta del Teatro. Gerónimo sentía una cierta tensión en el aire viendo a los policías que caminaban lento por la vereda como si ellos también pasearan de traje y con una mujer al lado.

Las personas que estaban debajo de la marquesina del Teatro comenzaron a ingresar al lugar para ver lo que fuere que iban a ver. Gerónimo no estaba al tanto de la cartelera de espectáculos ni le interesaba, aunque creía que una obra italiana se estrenaba en esa sala por los comentarios que alcanzaba a escuchar desde su banco en la plaza a pocos metros del Teatro. Una hora y algunos minutos después, las puertas de la sala volvieron a abrirse y los hombres y mujeres salieron con risas en sus rostros que se alcanzaban a escuchar desde donde estaba sentado el vendedor de jazmines que ahora permanecía expectante pues sabía que las flores que había vendido se marchitarían completamente sobre la madrugada y suponía que antes de eso irían a parar al cuerpo de un hombre muerto.

Lamentó estar en lo cierto cuando el ruido de la metrópoli se alteró con un disparo certero a quema ropa que impactó en un hombre que caminaba alejándose del Teatro. La masa que todavía estaba en la puerta se dispersó rápidamente y los policías que eran más de los que Gerónimo había logrado ver se acercaron al lugar disparando hacia un hombre de traje oscuro y rayas claras verticales apenas visibles y que Gerónimo reconocía. Renzo Vittorio había alcanzado a salir de la multitud con un disparo en el pecho que disimulaba con una mano sobre la herida. El vendedor de jazmines se había levantado del banco y observaba el trágico espectáculo.

Renzo Vittorio caminaba lentamente tratando de hacerse pasar por un hombre más y se dirigía hacia la plaza donde podía perderse entre la multitud que miraba igual que Gerónimo lo que sucedía en la cercanía del Teatro. Nunca se movió, el vendedor de jazmines miró estático cómo Vittorio se acercaba cada vez más hacia él hasta que el mafioso lo reconoció y casi balbuceando le dijo algo que no alcanzó a entender. De pronto cayó de espaldas en el suelo. La sangre corría por debajo de su cuerpo y se extendía sobre el adoquinado de la plaza. Decenas de policías acudieron con velocidad hacia el cuerpo del hombre que agonizaba abatido y comenzaron a gritarle a la gente para que se alejara del lugar. Gerónimo miraba entre las personas que intentaban retirarse de la escena y apenas podía dar algunos pasos hacia el cuerpo del hombre que todavía estaba con vida y con el que había cruzado algunas palabras esa misma mañana. La policía sabría que era él, que era Gerónimo quien le vendía los jazmines a la mafia y por eso debía irse de allí, pero no sin observar por última vez al italiano que moría en el suelo de una plaza de Montevideo. En ese último intento miró por encima del hombro de un señor que lo empujaba para salir y vio que del traje de Vittorio sobresalía un jazmín que ya comenzaba a marchitarse en el canto de sus pétalos.

lunes, 23 de noviembre de 2009

Tiempo de morir

Golpeaban la puerta con increíble violencia. El espacio debajo del escritorio donde el hombre se había atrincherado no era el refugio ideal pero ya no había tiempo para seguir buscando. El hombre debajo del mueble transpiraba como nunca lo había hecho en su vida y empezaba a asimilar la idea de que el aire que respiraba era quizás lo último que le quedaba. Los golpes se sucedían a gran velocidad y el ruido que producían iba in crescendo y con cada uno sentía que su vida se extinguía de su cuerpo. La biblioteca que separaba al hombre de lo que había detrás de esa puerta no aguantaría mucho más y ya no habría tiempo para cuidar lo que guardaba con su vida.

El hombre debajo del escritorio había dedicado toda su energía, incluyendo esos instantes de agonía, al estudio e investigación de los viajes en el tiempo. Era un hombre brillante. Algunas horas antes lo habían despedido del lugar donde trabajaba y le habían incitado, casi violentamente, a que entregara todos los papeles que tuvieran evidencia de sus estudios pues ahora ya no eran su propiedad. El hombre dejaba de existir, ya no era nadie sin esos papeles. Por supuesto que todo estaba en su cabeza, pero las miles y miles de ecuaciones que hacían posibles los avances estaban en papeles que no podían caer en las manos equivocadas.

Pocos días antes, el hombre había conseguido viajar, exitosamente, 50 años en el tiempo hacia el pasado como proceso final de un experimento, y en ese lugar paralelo se deshizo de los registros de la travesía. Había vuelto a ver a sus padres sentados en el porche de la misma casa donde él mismo había crecido y se aguantaba hasta sentir la presión del llanto para no acercarse a ellos. Cualquier viaje en el tiempo tenía, según sus cálculos y estimaciones, factores éticamente inmodificables. Es decir que lo que sucedió se debe mantener así. Por lo tanto nada puede ser alterado pues la más mínima modificación podría resultar catastrófica.

El hombre debajo del escritorio guardaba con los últimos segundos de su vida la llave que permitiría a hombres perdidos y alterados por el desinterés colectivo a modificar lo que quisieran. Era un arma de destrucción nunca antes vista por el hombre, no habría ejército capaz de enfrentarse a esa fuerza de cambio. Dominarían el mundo eternamente. Todo lo vivido, todos los acontecimientos, todas las verdades y las mentiras, las muertes, las palabras dichas, las guerras, los desastres naturales, eran el curso que los hombres habían construido y provocado en la historia. Imaginen que las guerras mundiales fueran alteradas y los victoriosos fueran de repente los derrotados y viceversa. Que los discursos que cambiaron al mundo nunca hubiesen existido. Que la música de los profetas comunes y corrientes no se pudiera escuchar porque nunca se habrían cantado ni tocado y sus muertes habrían sido en vano.

El hombre debajo del escritorio guardaba con su vida la historia del mundo y el hombre. Los cambios hacia el futuro debían hacerse con el pasado a la vista. No se podía modificar el pasado para generar un futuro diferente. Se debía recapacitar de los errores cometidos para encontrar nuevos caminos hacia adelante. Nadie lo entendía o quizás sí, pero debajo de ese escritorio el hombre no podía permitirse dejar un registro de nada. Nadie podía saber nada. No podía entregarle a otra persona, aunque fuera de extrema confianza, el mismo porvenir que le esperaba a él. No podía hacerle eso a nadie más.

Con imprecisión comenzó a destruir todos los documentos. Quemó una parte mientras la puerta se venía abajo y la biblioteca que la aguantaba estaba prácticamente destruida y algunas piernas ya cruzaban la barrera hacia el escritorio. Se comió algunas hojas esperando que su sistema digestivo hiciera su parte. Sentía cómo su cuerpo casi explotaba por el miedo y la tristeza mientras lloraba con fuerza infantil. Los intentos de los hombres de afuera por entrar se hicieron más violentos cuando vieron el humo que salía de la habitación. Comenzaron a disparar intentando matar al hombre debajo del escritorio, intentando detener sus intentos por seguir destruyendo los documentos. Las balas pasaban muy cerca y una impactó en su oído izquierdo. Ya no tenía mucho tiempo y todavía quedaba mucho por deshacer. Arrojó el resto de las hojas al pequeño fuego que había iniciado, esperando que fuera suficiente, intentando no pensar en la herida que se desangraba sobre su camisa blanca. Sentía mucho miedo y el temblor de su cuerpo hacía mover todo el escritorio. Los gritos se escuchaban como si estuvieran encima de él. Sintió un dolor fuerte en la espalda, que se sumó al dolor punzante del oído, y el aire comenzó a esfumarse. Movió el brazo y se tocó atrás. Tenía la espalda húmeda y cuando volvió el brazo, la mano estaba toda manchada de sangre. Atinó a observar las suaves llamas de aquella pequeña hoguera queriéndose asegurar de que cuando consiguieran entrar ya no hubiese nada.

Apenas un momento después no podía respirar y se alivió que no lo fueran a encontrar vivo. Dejó de escuchar mientras veía cómo los disparos de las armas pegaban en el escritorio y en la pared cerca de él. La ceniza de sus documentos flotaba en el aire y el fuego se extendía por la oficina. Cerró los ojos y nunca más los abrió.

jueves, 19 de noviembre de 2009

Musa se busca

Se fue y no dijo nada. Apenas si miró para atrás abriendo la puerta con tranquilidad pero sin importarle si me despertaba o no. Abrí los ojos muy despacio, no mucho, pero lo suficiente para saber que se iba hasta que con la fuerza de mil hombres se me volvieron a cerrar. Su pelo largo y castaño fue lo último que vi y su boca besándome casi en el alba lo último que pude sentir.

Hasta ahí es lo que puedo decir que ciertamente sucedió. De lo que no me puedo hacer cargo es de la realidad. No sé cuál es, porque no sé si realmente pasó. Quisiera que hubiese pasado, por supuesto que sí. ¡Pero también soy consciente de haber sentido mis labios contra los de ella y de ver su cara tan nítida, debajo en la claridad de las sábanas, tan real, tan ahí! Y yo ahora tan lejos.

Miré alrededor y me puse en guerra contra todo. Traté de cerrar los ojos y volver al sueño, dando vueltas, retorciéndome, casi con dolor, pero no pude. Intenté, de verdad que sí, pero no pude.
Me senté en la cama. Respiré. Y me levanté.

lunes, 5 de octubre de 2009

El medio del mar

Se acostó en su cama cuando era cerca de la una de la mañana. Cerró la ventana que había permanecido abierta durante el día cuando el aire era más templado y tomó un cuaderno y una lapicera que estaban en el escritorio a centímetros de la almohada. Observó el horizonte de la cama con la nostalgia de las primeras lunas en ese lugar; cuando no había armario ni cajas ni estantes ni una decente biblioteca que con el tiempo había sabido armar. Cuando la soledad de la noche no era soledad sino curiosidad, cuando estaba todo por hacer y los sonidos eran nuevos y todo era nuevo. Ahora quedaba la rutina, la alarma del despertador de su teléfono celular, las manchas de humedad en la pared y el levantarse en la mañana para empezar una nueva semana de ociosa agonía. Pasado el mediodía debería enfrentarse una vez más a la búsqueda de un empleo que pusiera sobre sus hombros una nueva rutina, una diferente a ésta que lo malhería cuando ya no quedaba agua en el termo. Más tarde, cuando cayera el sol del lunes iría a una reunión y cumpliría con sus deberes sociales sólo para que ese día fuera diferente al siguiente.

Abrió el cuaderno que rompió el silencio de la noche con sus tapas nuevas y hojas casi sin uso. Descargó en garabatos y anotaciones sus últimas frustraciones y pensó en dormir para sentirse bien. Para no sentir. Había llorado mucho los últimos dos días y había comenzado a necesitar la cama como un náufrago necesitaba una rama que lo ayudara a flotar en el medio del mar. Debajo de la sábana iba a la deriva hasta el nuevo día donde su naufragio llegaba a su fin y donde a la noche siguiente volvería a naufragar y se descansaría en la tranquilidad de la lejanía. En el mar no se puede hacer nada más que esperar. Esperar a ser rescatado o entregarse a las improbabilidades e incógnitas del destino. Él ya no pensaba desde hacía algún tiempo en su destino. Lo había dejado en el fondo de un cajón, perdido entre sus anotaciones y garabatos, escondido en contratapas, sumergido entre lo descartado, olvidado para evitar la tormenta. Navegaba sin rumbo esperando encontrar una orilla o mejor aún, esperando a que una orilla lo encontrara a él.

En el primer renglón de una hoja en blanco escribió un título, algo que había sido producto de una revelación, de una sinceridad que no buscaba pero que apareció un sábado por la tarde y que ahora recordaba y lo recuperaba del fondo del mar. Era una simple anotación para un después pero sabía que había entendido con ella buena parte de una antigua necesidad, de su expresión e identidad. Había puesto un resplandor en el horizonte nocturno de aquella cama y una sonrisa de esperanza en el náufrago que lo observaba con lágrimas en los ojos. Se recostó contra la almohada y tomó una bocanada de aire para descansar, para que su corazón dejara de latir con tanta ansiedad y para que aquellas lágrimas fueran las últimas de la noche, ahora que el mar estaba en paz.

Volvió a pensar en dormir. Pero esta vez pensó en no naufragar y sí en la alarma del despertador en su teléfono celular. Se levantaría todavía con el sol bajo y el aire fresco de la mañana y buscaría las mejores palabras, las más sinceras, para relatar cómo fue que dejó el medio del mar.

lunes, 27 de julio de 2009

Que lindo día feo

En un mueble de cocina que cuelga desde la pared yace la felicidad de Juan. A veces se para justo debajo del gigante de madera que rompe con todas sus leyes de la gravedad y a veces, sólo a veces, siente que se le va a caer encima, o que si lo roza con sus dedos de niño, el mueble podría caer con todo lo que tiene adentro incluyendo su felicidad, así que tocar el mueble no es una opción y el esfuerzo que hay que realizar para alcanzar ese elemento tan preciado es casi imposible y es algo que se puede hacer una vez cada tanto.
La pared que soporta al mueble sufre de un problema de humedad desde hace muchos años y las vacas nunca engordaron lo suficiente como para traer a una persona especialmente calificada para solucionarlo, por eso Eduardo, el papá de Juan, siempre se las ingenia para tapar los problemas de la pared. Por lo general, el trabajo de arreglarla le lleva mucho tiempo, y siempre queda sucio del polvo blanco de la pintura, pero cuando termina y sabe que la pared está casi como nueva (casi) siempre se sonríe mirando a Juan con el rostro cómplice, de que lo que hizo está perfectamente bien.
Por lo general, algunos días después de que Eduardo consigue restaurar la pared, se realiza una suerte de celebración. Depende mucho del día en que se decida hacer, pero a veces, ese festejo entre comillas se conmemora con una merienda.

Corría el mes de agosto, era sábado, hacía mucho frío y llovía. La pared de la cocina había sido enmendada hace poco tiempo. Todavía no se había hecho la merienda correspondiente y sabiendo que la lluvia que caía iba a detonar un nuevo arreglo en breve tiempo, se decidió por unanimidad festejar ese día, con lluvia y todo. Esa fue la primera vez, en mucho tiempo, que Juan había podido acceder al mueble de la cocina y a su felicidad. Eduardo y Alicia, la mamá de Juan, habían pasado buena parte de la tarde preparando bizcochos caseros y además había leche y cocoa. Juan se había sentado en la cocina a mirar a su madre mientras terminaba de preparar la merienda. Debajo del mueble aéreo había una mesa plegable que nunca se había desplegado y ahí se había sentado a observar cómo de a poco se elaboraba el festín que comerían más tarde.
Conversaban de todo un poco pero Juan escuchaba más que nada. No mucho rato después se aprontaban todos para sentarse a la mesa y comenzar con los festejos. Sobre el mantel verde estaban todos los elementos participantes del festejo. Paneras llenas de bizcochos caseros, algunos estaban tostaditos, otros doraditos y algunos habían quedado medio blanquitos, pero a diferencia del común de las personas, así era como más le gustaban a Juan. Había mermeladas, manteca, leche, cocoa, tostadas, todo el arsenal estaba sobre la mesa de esa tarde lluviosa de agosto. Pero además, sobre aquella mesa estaba lo que Juan había estado esperando con tanta calma.
Cada vez que aquella pared del mueble colgante se humedecía Juan sabía que no pasaría mucho tiempo en llegar aquella merienda, aquel reparo del alma, y que conseguiría, una vez más, lo que había dentro de aquel mueble. Lo único que tenía que tener era un poco de paciencia. Juan había aprendido a ser paciente con el correr de los años y hasta había aprendido a sentir las tormentas. Juan podía salir a la calle y sentir el viento, oler el aire, mirar las nubes y la luna, y saber que en algunos días iba a llover.
A veces lo sabía por el color de las plantas. Juan sentía que cuando la lluvia se acercaba las hojas se veían más verdes, más vivas. Las plantas que colgaban en el balcón de su casa se habían puesto de un color que sólo en esas ocasiones se podía ver, y ahí sabía que en poco tiempo aparecería una nube que traería la lluvia. Incluso en las noches más estrelladas podía sentir lo que vendría. Las luces de las calles se veían con un resplandor diferente y el alo que podía lucir la luna era la mejor señal.
Juan nunca compartió con nadie esa suerte de clarividencia, tan sólo era su forma de saber que tarde o temprano volvería a encontrarse con aquel mueble. Y esa tarde de agosto comenzaron a caer algunas gotas sobre el mediodía, apenas un ratito antes del almorzar, y él lo veía venir. Había visto una nube el día anterior, una nube rara, una de esas nubes que seguro traía agua. Y la esperó. El cielo gris fue lo primero que vio ese día. Entonces bajó de la cama, se puso un pantalón y un buzo abrigado y corrió hacia el sillón para esperar la lluvia. La primera gota no debía demorar en llegar.
Eduardo había pensado varias veces en arreglar la pared ese día pero no lo hizo. De la tierra de las macetas emanó ese olor que Juan aprendió a valorar y a esperar. Su paciencia finalmente había logrado llegar hasta ese día en que la llovizna comenzó a caer. Estaba contento, se sentó en el sillón que daba hacia la ventana a la calle y miró llover durante un largo rato. Quedó inmóvil, tenía una completa serenidad y una sonrisa en la cara que hacía reír a su madre cuando lo miraba sentadito allí. A Juan sólo le quedaba esperar a que los minutos pasaran para volver a ver aquel frasco de dulce de leche que tantas veces miró desde tan lejos sin poder tocarlo.

jueves, 23 de julio de 2009

Lo más blanco

Los dos miraban por la ventana desde temprano. En el informativo habían dicho que existía la posibilidad de que nevara y por eso Nacho y Juan estaban hace un buen rato esperando la novedad. La madre de Nacho les había contado que una vez hace muchos años había nevado en el interior del país. Debe haber sido por Paysandú o por allá porque por acá nunca se había visto nada igual. Sus memorias de invierno no eran muy extensas y se preguntaban a sí mismos si años anteriores había siquiera existido la misma interrogante. ¿Nevaría en Montevideo? Quizás esta vez sería la primera vez y ellos estarían ahí para verlo y salir a hacer bolas de nieve y muñecos (si es que alcanzaba la nieve, claro está).
Después de unos minutos de expectativa ambos terminaron por convencerse de que quizás lo mejor fuera no mirar hacia afuera pues su ansiedad podría provocar que no nevara y eso sería una catástrofe de enormes dimensiones para los dos, por lo que se dedicaron los dos a distraerse con otra cosa hasta que llegara la nieve.
Jugaron por un rato hasta que se aburrieron. Y empezaron con otro juego hasta que se volvieron a aburrir. Pronto se encontraron sin medios de recreación y volvieron a su ansiedad anterior hasta quedar nuevamente colgados sobre el sillón mirando por la ventana. No podían esperar un minuto más pero sabían que si bien podía pasar que nevara, las chances podían no ser buenas.
Luego de unos minutos, la madre de Nacho los llamó a merendar pero los dos se negaron, no por acuerdo mutuo pero sí por coincidencia de emociones. Finalmente la autoridad de la madre fue mucho mayor que la suya en su negación y suavemente se bajaron del sillón para caminar hacia la cocina a merendar. Allí en la cocina había una ventana a la que miraban a cada instante, a veces de reojo, a veces le enviaban apenas una mirada. Hablaron durante un rato de la escuela y de sus compañeras y de la vida. Era casi una conversación de gente grande. En realidad era una conversación que estaba a la altura de los posibles acontecimientos. Podía nevar o no, pero sus vidas habían sido modificadas por una posibilidad de que algo sucediera o no. Esa mínima chance los había cambiado, los había hecho crecer un poco más y lo podían sentir.
De pronto se encendió la televisión y los dos se levantaron corriendo de la mesa para sentarse a mirar las noticias. Tal vez hablaran de la nieve, tal vez ya había nevado en otros lugares de la ciudad y estaría por llegar hasta ellos. De pronto y a través de las cortinas entró un rayo de sol que golpeó la biblioteca detrás del televisor. Juan miró hacia afuera volviendo la cabeza y se dio por vencido, un rayo de sol no era lo mejor que podía pasar aunque intentó mantener la esperanza. Nacho hizo lo mismo después de Juan y miró hacia la ventana esperando que el rayo de sol amainara su intensidad y se escondiera detrás de una de las nubes grises que traía la nieve.
El rayo de sol se hizo un poco más fuerte y ahora Juan y Nacho se levantaron del suelo para mirar por la ventana. La gente caminaba por la calle y ya no esperaban la nieve, ya no esperaban nada, el día seguía su costumbre como si nada, y Juan y Nacho ya no miraban por la ventana. Algunos minutos después, el rayo de sol que ahora terminaba en el suelo de madera empezó a desvanecerse sin que alguien se diera cuenta, y poco después empezó a lloviznar, sólo que no era una garúa normal, era casi nieve. Las personas en la calle veían la lluvia con normalidad hasta que dejó de mojar y dejó de ser lluvia. Estaba nevando en Montevideo.
El televisor en la casa de Nacho estaba encendido y la señorita del informativo estaba dando la noticia de que en la ciudad estaba cayendo nieve. Los dos dejaron lo que estaban haciendo para correr hacia la ventana. No dijeron nada, no podían hablar, una sensación enorme los embargaba a los dos. Miraron apenas unos minutos antes de abrigarse y salir a la calle.
Los dos pudieron sentir la nieve caer sobre sus caras. Se sintieron diferentes por el tiempo que duró la nevada, más felices, más completos, quizás algún día lo pudieran explicar.
Un rato más tarde cesó la nevada y el cielo se abrió de a poco. Volvieron a entrar y afuera quedaron la espera, la posibilidad y la nieve.


Para Nacho.

martes, 14 de julio de 2009

Tan sólo parte de mí

No es genial... que cuando producimos para nosotros y no para el sistema. Cuando lo hacemos desde el fondo del alma, terminamos produciendo en forma de libertad, en forma de arte.

"Emancipate yourselves from mental slavery
none but ourselves can free our minds".

Bob Marley

lunes, 1 de junio de 2009

El forward menos al pedo que recibí en mi vida

A los nacidos entre 1975 y 1989.


El objeto de esta misiva es la de reivindicar a una generación, la de todos aquellos que nacimos en la segunda parte de los 70 o en los 80, la de los que estamos siendo actores de algo que nuestros progenitores ni podían soñar, la que vemos que la casa que compraron nuestros padres ahora vale 20 o 30 veces más, la de los que tomarán las decisiones importantes en un futuro no muy lejano.

Somos la última generación que hemos aprendido a jugar en la calle y en los recreos del colegio a las bolitas, a la mancha, a la escondida y al elástico, a la vez, somos la primera que ha jugado a videojuegos, hemos ido a parques de atracciones o visto dibujos animados en color.
Hemos vestido jeans de campana, de pata de elefante y con la costura torcida; nuestro primer polerón era azul marino con franjas blancas en la manga y nuestras primeras zapatillas de marca las tuvimos pasados los 10 años.
Fuimos los últimos en grabar canciones de la radio en cassettes y los pioneros del walkman y del chat.

Se nos ha etiquetado de generación X y tuvimos que tragarnos, Salvado por la Campana y Beverly Hills 90210 (te gustaron en su momento). Lloramos con Carrusel, y nos moríamos si no llegábamos a ver Montaña Rusa y/ó Amigovios
Somos los primeros en incorporarnos a trabajar a través de una ETT y expertos en enviar el currículum por Internet.
Siempre nos recuerdan acontecimientos de antes que naciéramos, como si no hubiéramos vivido nada histórico. Nosotros hemos aprendido lo qué es el terrorismo, vimos caer el muro de Berlín y nos enteramos de golpe un 11 de septiembre de la caída de dos torres.

Aprendimos a programar el video antes que nadie, jugamos con el Spectrum, el Tetris, el Mario Bros, vimos los anuncios de los primeros celulares y creímos que Internet sería un mundo libre.
Somos la Generación de Xuxa, Robotech, Gi-Joe, Los Halcones Galácticos, los Thunder Cats, los Transformers, Jem, He-Man y las Tortugas Ninja, Del Correcaminos, 'Oliver y Benjí', Rainbow Bright y Frutillita, de Los Pitufos, La Pantera Rosa, Los Picapiedras, el pájaro loco, los ositos cariñositos, los osos gummies.

Los que crecieron escuchando a Soda, Madonna, Michael Jackson y Guns ‘N Roses y que luego presenciaron el apogeo y desplome del grunge junto con la muerte por sobredosis de su mayor exponente. También estaban las Azúcar Moreno, Los Locomía y sus abanicos. Nos emocionamos con Superman, ET,
Mi amigo Mac, la Historia sin Fin o En busca del Arca Perdida.
Comíamos jugo en polvo y la leche con Nesquik era lo mejor. Somos la última generación que vio a su padre llenar a más no poder la parrilla del auto con maletas para ir de vacaciones.
La última generación de las botellas de a litro, Y qué tanto, la última generación cuerda que ha habido.

Este correo está dedicado a las personas que nacieron entre 1975 y 1989.La verdad es que no sé cómo hemos podido sobrevivir a nuestra infancia!!!! Mirando atrás es difícil creer que estemos vivos: viajábamos en autos sin cinturones de seguridad traseros, sin sillitas especiales y sin air-bag, hacíamos viajes de 10-12h y no sufríamos el síndrome de la clase turista. No tuvimos puertas con protecciones, armarios o frascos de medicinas con tapa a prueba de niños. Andábamos en bicicleta sin casco, ni protectores para rodillas y codos. Los columpios eran de metal y con esquinas en punta. Salíamos de casa por la mañana, jugábamos todo el día, y solo volvíamos cuando se encendían las luces.

No había celulares. Íbamos a clase cargados de libros y cuadernos, todo metido en una mochila o bolsón que rara vez tenía refuerzo para los hombros y, mucho menos, ruedas!!! Comíamos dulces (caramelos Sugus y palitos de la selva) y tomábamos bebidas, pero no éramos obesos. Si acaso alguno era gordo y punto. Compartimos botellas de bebidas y nadie se contagio de nada, excepto de los piojos del cole, cosa que se solucionaba lavándose la cabeza con vinagre caliente.

No tuvimos Playstation, (existían el Family Game y luego el Sega)
No habían 99 canales de televisión, pantallas planas, sonido surround, mp3s, ipods, computadores e Internet, pero nos lo pasábamos de lo lindo tirándonos bombitas de agua o manguereándonos. Bebíamos agua directamente del grifo de las fuentes de los parques, agua sin embotellar, donde sorbían los perros!!! Y nunca escuchamos sobre el calentamiento global.

Flirteábamos jugando a la botella o al verdad consecuencia, no en un chat, ni pretendíamos llamar la atención mediante un fotolog ni auto denominándonos pokemones, pelo lais, otakus, emos, etc.
Éramos responsables de nuestras acciones y acarreábamos con las consecuencias, no había nadie para resolver eso. Tuvimos libertad, fracaso, éxito y responsabilidad, y aprendimos a crecer con todo ello.

lunes, 18 de mayo de 2009

Montevideano

Las calles de Montevideo son tuyas
Las sombras de los árboles que en 18 ya no están
Los cafetines y la borra en sus tazas.

Los olores, las oficinas, los horarios y las 3 y 10
Las cuadras que caminan los dos
Mucho más que dos.

El sur y nuestras complejidades
Los lugares comunes y las luces leves
Palabras que pudimos decir y nos prestaste
Para aprender a conquistar.

Las mujeres, los amores
Los amantes de los cuales nos reímos
El fuego entre nosotros.

Baldosas que miramos cabizbajos
Transeúntes que pasan por afuera de los bares
Los ómnibus que todos esperamos
Hojas colmadas de letras sobre el escritorio.

Caminarás por la ciudad
Aun cuando anochezca
Y verás en la mañana
Que las calles de Montevideo
Todavía son tuyas.

Por Juan Raúl Montoro.

Pequeño homenaje a Mario Benedetti.
1920 - 2009

miércoles, 22 de abril de 2009

encontrándome conmigo mismo en Internet

martes, 31 de marzo de 2009

Catársis prestada

Estoy cansado, yo se que son días, que mañana se me pasa. Sí, también se que esto me pasa una vez a la semana, que es una profesión frustrante, pero igual quería desahogarme. A veces me pregunto por qué seguir peleando, si nuestro trabajo podría ser tan fácil, si dejar contento al cliente en realidad no es nada complicado, si nos puede ir muy bien tan sólo "haciendo los deberes". ¿Qué problema tenemos? ¿Buscamos fama? Nunca la vamos a obtener realmente. ¿Buscamos dinero? Son muy pocos quienes en la industria lo logran. ¿Buscamos expresarnos? Lugar incorrecto. ¿Buscamos satisfacción personal? la podemos conseguir fuera del trabajo. ¿Luchamos por un mundo mejor? No seamos hipócritas, nuestro trabajo es hacer que alguien haga dinero. Entonces ¿Por qué seguir peleando? Porque nos gusta pelear aunque ganemos pocas peleas, porque es lo que nos toca, porque lo queremos hacer bien, porque a veces nos divierte lo que hacemos. Pero hoy no. Estoy cansado, yo se que son días, que mañana...

Por Santiago Dobrich.
Lunes 26 de mayo de 2008. Guatemala.

P.D.: Quiero que sepas que este párrafo me moviliza.

lunes, 26 de enero de 2009

Crayolas

Para Laura.
Basado en una anécdota suya.


***

La crayola de color verde paseó por la hoja blanca hasta dejar en ella la rúbrica de una mano curiosa. Siguió hasta que su dibujo había sido terminado, hasta que ya no quedaba, para ella, nada por hacer.

***

Laura tiene 6 años. Le encanta dibujar, pero no sabe. En realidad no es que no sepa, sino que hace uso de las condiciones naturales que le permiten sus hasta ahora relativos pocos años, y que en el caso de casi todo el mundo, son más o menos las mismas.
Su habitación es grande y todavía mantiene el empapelado de cuando era más chica, entra una luz cálida como de lámpara de escritorio, pero es el sol y alumbra todos los rincones de la habitación que siempre está llena de papeles con trazos de crayolas, draipenes, lápices y cualquier otro elemento multicolor que le permita enchastrar la hoja inmaculada. Algunas de ellas terminan colgadas en la pared, otras, metidas entre libros, cuadernos y el piso, pero Laura nunca tira nada, todo lo que dibuja le lleva tiempo y trabajo, y por eso todo lo que dibuja lo guarda. Cuando la puerta de la habitación se cierra y Laura puede sumergirse por completo en sus dibujos, el lugar se convierte en un verdadero universo. Todos los rincones cobran otras acepciones más acordes a su inquieta mente y allí todo puede suceder. El mundo deja de ser mundo para ser otra cosa, una invención o lo que fuere.
Camino a la escuela a la que va caminando, Laura explora su imaginación (el lugar en el que pasa la mayor parte de su tiempo y que además le parece más entretenido que el mundo real). Camina por Durazno hacia arriba (como yendo hacia Bulevar España). Por la calle Durazno los autos emanan nubecillas blancas de sus caños de escape y cambian de color en su marcha. Los árboles caminan de un lado a otro para no aburrirse en un solo lugar y los pajaritos cambian de código postal según se muevan sus nidos. Las señoras barren las veredas con escobas ultra futuristas y algunos inspectores cuidan el tránsito en todas las esquinas sonriendo al verte cruzar. Los edificios se balancean al compás del viento y en la calle se puede saltar como si fuese un trampolín. Sin dudas, la imaginación es un bonito lugar para pasar el tiempo, lo demás, lo que vemos todos los días… lo vemos todos los días.
Cuando Laura tenía tiempo para ella misma, plasmaba todo eso que había imaginado en un papel. Sus manos iban y venían, rayando papeles, riéndose. No siempre mostraba todo, a veces dejaba alguno de sus dibujos sin mostrar porque le parecían demasiado valiosos como para largarlos al mundo en donde los que deciden qué es arte y qué no, no saben nada de nada salvo repetir lo que dice la persona de al lado y luego esa persona hace lo mismo y así sucesivamente, hasta que la cadena sólo sirve para alimentarles el ego.
Su madre, Anabel, siempre se asombraba de sus dibujos; supongo que por esa misma condición maternal Laura siempre esquivó los puntos de vista positivos de los demás. No porque no fueran sinceros o no creyera en sí misma y en lo que era capaz de hacer, sino porque las personas que solemos tener más cerca, siempre son un buen lugar para recibir halagos.

Madre de vieja estampa, firme pero sensible, sencilla y trabajadora, pasea con su delantal blanco por la pequeña cocina que quizá deseara que fuera más grande para poder preparar algunas comidas sin pasar zozobras pero no se quejaba nunca, lo que tenía estaba bien. La mayoría de las veces Laura se sentaba a mirar a su madre mientras cocinaba, le resultaba relajante verla en acción, maniobrando con cuchillos, verduras, paseándose por la cocina hasta la heladera y de vuelta a la mesada para proceder a cortar una zanahoria o una lechuga o un tomate. Cuando terminaba de cocinar se sentaba un rato en una mecedora que no era de su carácter pero se sentía cómoda. Se tiraba a leer mientras Laura dibujaba o hacía otra cosa que inventaba en el momento.
Cuando Laura no dibuja, escucha una vieja radio que había encontrado en un armario y que por alguna razón seguía funcionando. Diferente de la televisión, la radio es un medio que permite jugar con la imaginación y eso a ella le gusta mucho. Había aprendido a imaginar todo lo que sucedía detrás de los parlantes. Los conductores podían tener diferentes rostros según las voces que llegaban a sus oídos. Gordos, flacos, con barba, sin barba, de bigote tupido, pelados, cejudos, con espacios entre los dientes, fumadores desquiciados, orejones, narigones y las incatalogables: esas voces imposibles de unir a un rostro, determinadas por su complejidad u originalidad.

Una tarde, entre el sonido de la radio y el de su propia mente escuchó sonar el teléfono. La voz de su madre la hizo salir de su lugar en un almohadón y se acercó hasta agarrar con sus manos el marco de la puerta que da a la cocina y poder mirar lo que sucedía como una espía pero sin intentar esconderse. Del otro lado del teléfono hablaron de ella, lo supo cuando su madre le dirigió la mirada mientras jugaba con los rulos del cable y respondía algo acerca de poder ir a algún lugar o algo así. La escuchó saludar y el tubo del teléfono se posó nuevamente sobre el resto del aparato dando por terminada la llamada. Su madre se agachó ante ella y la miró atentamente. –Lau, ¿vos dibujaste un Pitufo y lo mandaste a la radio?- preguntó con tranquilidad. Laura asintió solamente con la cabeza. –Llamaron de la radio y me contaron que les gustaría que vayas hoy al programa, a hablar de tu dibujo, y van a hacer un concurso para elegir el mejor dibujo de todos y ganarse un premio.- Dijo deteniendo sus palabras dejando sólo el silencio en el aire, y luego volvió a hablarle. -¿Vos querés ir?- Preguntó sabiendo que para Laura esas cosas no significaban absolutamente nada y que no le importaba lo que tuvieran que decir de su dibujo y mucho menos competir por algo. Entonces Laura volvió a decir que sí con la cabeza. –Entonces vamos. Aprontate dale que salimos en un ratito.- Ella quería ir. Era verdad, no le importaban las opiniones, pero quería ir, quería conocer la radio y saber si el conductor era gordo o flaco, o si tenía barba o bigote, o una nariz ganchuda, o si era total y completamente normal.
Laura se fue corriendo contenta a su cuarto y comenzó a meter en una mochila algunas cosas imprescindibles como si el viaje fuera a durar una eternidad. Tiró del cierre de la mochila, salió de su cuarto, cerró la puerta y fue hacia la cocina donde la estaba esperando su madre. -¿Estas lista?- Dijo mientras inspeccionaba el equipaje que iba colgado en los hombros de Laura. -¿Qué es todo eso que llevás ahí? Volvemos en un rato nomás-. –Nada, cosas, si volvemos en un rato no importa ¿No?- Anabel, casi sorprendida, levantó un poco las cejas sin evidenciar haber perdido la liliputiense discusión y la dejó llevar todo lo que fuera que tuviera en la mochila. -Está bien, pero vayamos saliendo que no queremos llegar tarde, vas a salir al aire y muchas personas te van a escuchar, ya le dije a la abuela que estuviera atenta para escucharte si no se lo va a perder.-
Momentos después estaban las dos adentro del auto. Laura sentada en el asiento de atrás y Anabel al volante, iban manejando camino a la radio por la calle Colonia hacia la Ciudad Vieja. La pequeña miró por la ventana durante todo el viaje mirando pasar muy rápido toda la ciudad, imaginando que pasaba más lento, más rápido, o que la gente en los otros autos la saludaba y le sonreían. El paseo duró menos de una hora. Habían llegado a la radio y sus misterios se develarían en breves instantes. No estaba segura de querer develarlos o si prefería mantenerlos en el no se dónde, seguir imaginando a los conductores y las cosas que para ella sucedían detrás de los parlantes.
Poner un pie afuera del auto le trajo algunas dudas. Laura quería ir hasta la radio a conocer y ver qué tanto podía suceder, pero ponía en cuestionamiento todas las otras cosas que no sabía si deseaba saber o si era mejor que permanecieran siendo simples. Mirando sus pies apoyados en el suelo levantó la mirada y enfiló hacia delante. Algunos metros después estaban adentro del edificio.

Laura tenía su mano agarrada a la de su madre y caminaban por un pasillo gris dentro del edificio con varias puertas en ambas paredes. El pasillo parecía uno de esos archivadores de oficina que parecen tener poco lugar pero guardan muchísimas cosas. Las puertas tenían cartelitos con los nombres y cargos de las personas que trabajaban allí. Anabel detuvo a una persona en el camino y le preguntó por el lugar al que tenían que ir y el hombre las dirigió hacia el segundo piso. Mucha gente pasaba corriendo, apurada, con papeles en la mano y con disgusto, transpirando, con un botón de la camisa sin abrochar y medio despeinados. Otras pasaban más tranquilas y sin papeles. Ellas subieron por las escaleras al fondo del pasillo hasta llegar al piso superior. Laura todavía no estaba nerviosa pero sentía la mano húmeda de su madre que por momentos apretaba más de lo normal, ella sí estaba nerviosa, los grandes siempre se ponen más nerviosos que los chicos o en realidad se ponen nerviosos por los chicos. Caminaron por otro pasillo con más gente que el anterior hasta llegar a una ventana que daba al interior de uno de los estudios. No se podía escuchar la voz del señor gordo y bigotudo que estaba sentado a la mesa delante de un micrófono. Las paredes del estudio tenían pinchos de polifón que eran para contener el sonido, le explicó su madre que alguna vez le habían contado, aunque muy bien no lo recordaba, que esa era la función que cumplían.
Venían caminando a paso ligero cuando un señor las detuvo y les preguntó si venían por el concurso y les enseñó por dónde debían ingresar al estudio para esperar a ser llamadas para salir. Las dos se sentaron en unos asientos grises como de consultorio dental a esperar ese momento. Laura había dejado su mochila entre sus piernas para no perderla de vista, un gesto que había heredado de su madre, que había hecho lo propia con la cartera.
Frente a ellas había un reloj de pared blanco con los números bien grandes que no dejaba lugar a confusiones. El tiempo pasaba lento mientras las dos observaban el resto de la habitación que dejaba ver el pasillo. La radio les pareció mucho más linda en el aparato de madera con botones, perillas y parlantes que en el edificio. Todo ese lugar era lo que estaba detrás de los parlantes. Ya no era el gordo bigotudo, era todo lo demás.
Apenas unos minutos después, el nombre de Laura se escuchó en los altoparlantes que colgaban de las paredes y el techo. La llamaban al estudio. Laura miró hacia arriba por encima de ella misma para observar a su madre, que con una sonrisa leve conseguía tranquilizar cualquier destello de temor. Entonces tomó la mochila de entre sus pies y se la puso al hombro para encaminarse hacia el estudio.
Laura nunca soltó la mano de su madre hasta que la hizo sentarse al lado del conductor de radio gordo y bigotudo para luego salir de ese lugar para esperarla detrás de un vidrio a prueba de sonido. El señor fumaba. Tenía a pocos centímetros un cenicero, posicionado de tal manera que la ceniza siempre caía adentro sin mover el brazo más que hacia arriba y hacia abajo. Su camisa beige desabotonada estaba manchada de sudor aunque el aire acondicionado estuviera encendido y allí hiciera un poco de frío para el gusto de Laura, que observaba detenidamente a un señor, parado al lado de su madre detrás del vidrio, que sostenía un cartel con su nombre. El hombre de la radio entonces miró a Laura y le preguntó sin vacilar y sin dar tregua. -¿Laura, tu dibujaste esto tan lindo?- dijo con cierta ironía que Laura no tardó en identificar y entonces ella sólo asintió con la cabeza. Algo así como un mecanismo de defensa que la pequeña utilizaba a veces cuando insultaban su inteligencia. -¿Si?, bueno, sabés que vamos a elegir el mejor dibujo… y el autor del dibujo que gane se va a llevar un micro componente Sony para escuchar toda la música que quiera.- Dijo pausadamente el conductor, hablando como si Laura no entendiera una sola palabra cuando la gente habla rápido. Laura volvió a asentir mientras en su cabeza decodificaba la palabra micro componente. –Tu dibujo es muy particular ¿Tu conocés a Los Pitufos?- Preguntó el hombre. –Sí.- Contestó Laura con firmeza. -¿Sabías que Los Pitufos son azules… y no verdes?- Laura solamente miraba al hombre. No le importaba de qué color eran Los Pitufos y menos le importaba que realmente le estuviera preguntando eso. Ella los había pintado como los sentía, como a ella le gustaban, y a ella le gustaban verdes. –Bueno, igual te cuento que tu dibujo saliooó ¡tercero! ¡Si, el tercer puesto es para Laura con sus Pitufos verdes!-. El tipo había cambiado completamente, ahora gritaba como un maniático al micrófono. La ceniza de su cigarrillo volaba para todos lados. Parecía enajenado, Laura solamente miraba, ahora con los ojos más abiertos y echada un poco hacia atrás producto de la impresión que le generaba la situación. -¡Estamos llegando rápidamente al primer puesto y en definitiva, al ganador del micro componente Sony con garantía de un año para disfrutar en familia! (El conductor volvió a mirar a Laura) Laura, te agradecemos por acercarte hasta la radio a mostrar tu dibujo. La producción se pondrá en contacto contigo en breve, gracias por venir.-
“Gracias por venir”. Se había terminado. Laura se levantó de la silla y caminó hacia afuera del estudio, volvió a tomar la mano de su madre y ambas se fueron de la radio de vuelta a su casa. Laura dio una última mirada hacia atrás y vio al gordo bigotudo que seguía enajenado dentro del estudio haciendo caer la ceniza del cigarro en el cenicero perfectamente colocado frente a él.

Laura y Anabel, agarradas de la mano, caminaron por el gran espacio de estacionamiento de la radio, ya afuera del edificio. Las dos se subieron al auto. La madre miró por el retrovisor a Laura mientras buscaba una parte del cinturón de seguridad y le preguntó si estaba bien. Laura la miró a los ojos y le dijo que sí. Después bajó la cabeza y miró el dibujo de sus Pitufos verdes que se había llevado de la radio. El auto se puso lentamente en marcha y comenzaron el regreso. A Laura le gustaban mucho sus Pitufos verdes y a su madre también.


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lunes, 22 de diciembre de 2008

Brevísima descripción de un universo dormitorio

Cae la tercera noche bajo este novel techo y puedo afirmar que es la primera vez que tengo la oportunidad de analizar el dormitorio de 2,50m x 2,75m. Las noches anteriores no habían sido suficientes y tampoco había podido prestar la atención necesaria para observar con detenimiento lo que todavía no había visto o seguramente había visto de otra manera, quizá más superficial. Ahora se cumple la primera hora del día. Susurrante oigo proveniente de la ventana y tal vez de un apartamento contiguo pero de un segundo piso, el sonido de un televisor emitiendo una película de trasnoche del canal 4. No se percibe el sonido de la calle a excepción de algún esporádico auto que se oye al pasar y resulta confortante el relativo pero cómodo silencio. El piso todavía es el orden dispuesto para los cachivaches y cosas de la mudanza inicial. La ropa está prolijamente acomodada y apilada a mi derecha debajo de la pequeña pero generosa ventana, remeras por un lado, pantalones por otro, sábanas y toallas en una bolsa y algunos bolsos con calzones y medias que me dan pudor tenerlos al descubierto también están colocados contra esa pared.
La que veo frente a mi tiene restos de una avanzada humedad y comienzo a pensar seriamente en que debería pintarla de algún color que me haga bien. Parte de la pared, un sector pequeño junto a la puerta, es el más damnificado por las filtraciones del agua y hasta deja ver el ladrillo rojo de la estructura que solamente se logra ocultar cuando la puerta del dormitorio, de un color gris azulado, se encuentra abierta. –En la película de al lado alguien recibe una llamada-. Debajo del sector de mayor humedad hay un enchufe, y del otro lado de la puerta, del lado del pestillo y ya sobre la otra pared, hay un interruptor de luz.
La pared a mi izquierda tiene una pequeña particularidad, una protuberancia que sale de ella con la forma de lo que parece ser una tuerca pero sin agujero central, y tiene todas las de ser parte del sistema de cañerías de la cocina que está del otro lado de la pared. –Tanda publicitaria-. Sobre el piso debajo de la tuerca están ordenadas de la misma manera que la ropa, las cosas que serán parte accesoria del dormitorio. Libros, un trifásico, las llaves, una bolsa de un regalo de Pablo que trajo de Barcelona, cigarros, el celular y una lámpara de papel, también regalo de Pablo, que tiene la forma de una cabeza de cohete y está enchufada al segundo y último enchufe del dormitorio que está sobre el rincón de la pared. En ese lugar, a pocos centímetros del suelo, surge con disimulo un caño que recorre el ángulo de las dos paredes hasta el techo.
La cuarta pared no tiene ningún elemento característico, ni enchufes ni tuercas protuberantes ni humedad, y me encuentra recostado sobre ella, con la cabeza reposada sobre dos almohadas que se apoyan contra la pared y el resto de mi cuerpo acostado sobre un maltrecho colchón provisorio hasta el arribo mañana de la nueva cama. Las piernas dobladas y el torso a medio sentar me mantienen en vilo mientras espero a que entre el sueño que se está demorando. –Sigue la película-.

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viernes, 19 de diciembre de 2008

Meté la mano en la bolsa y sacá un papelito al azar

Cuando éramos chicos algunos tuvimos amigos invisibles. Esos tipos en los que se podía confiar por completo, personajes a conveniencia que nos ayudaban en más de una oportunidad. – ¡Mamá, yo no fui el que volcó la leche, fue él!- ¿Él, quién? ¿A quién nos referíamos cuando hablábamos de él? No podíamos sinceramente pensar en echarle la culpa a un ser que hacía tanto por nosotros. Y sin embargo lo hacíamos. Las cosas se caían solas. En el mundo de los amigos invisibles, las cosas se caen solas, se rompen solas, se mueven solas, se abren y se cierran solas. Es la magia de poseer un personaje detrás nuestro defendiéndonos dispuesto a lanzarse a la primera línea cuando lo tenía que hacer, cuando necesitábamos que lo hiciera. Y lo mejor de todo es que esa fórmula tan poco creíble para nuestra mente hoy, funcionaba de las mil maravillas.
Sin embargo esta modalidad de amigo invisible alias chivo expiatorio tiene su fecha de vencimiento. Llega un punto en que el mundo de lo que se rompe solo deja de existir y lo único que nos queda por hacer es hacernos cargo de lo que hacemos. –Sí mamá, lo rompí yo, ¿Y qué?-. La idea aquí no es confundirles diciéndoles que, llegado el momento, el amigo invisible deja de coexistir con nosotros para pasar a ser una suerte de ánima vagabunda a la que dejamos de ver y de hablar, como si en algún momento nos hubiera cagado. Todo lo contrario. Su nueva función en ese momento es la de hacernos crecer, colocándonos nuevas responsabilidades y un rol mucho más importante en esa etapa de preadolescencia, de temprana preadolescencia. La de madurar. En serio, ya no sos un guacho.
Eventualmente los amigos invisibles desaparecen por completo. Su trabajo está hecho, cumplió con creces y nos salvó de varias bofetadas. Aunque debo decir que si hoy por hoy tuviera la posibilidad de decir que las cosas se siguen rompiendo solas lo haría. Antes todo era mucho más sencillo.

En estas épocas de fiestas, despedidas, épocas del síndrome de la navidad, de fin de año y de reyes. Los grupos de gente (sobre todo laborales) hacen regresar al amigo invisible en un homenaje a ese tipo que nos bancaba a muerte con una actividad que lleva su nombre (No me quiero meter mucho más de lo imprescindible en el tema). A quien le toque correr la suerte de ser mi amigo/a invisible quisiera decirle lo siguiente: Que bueno que volviste porque necesito que digas que el vaso del otro día, se rompió solo, ¿Ok?

lunes, 8 de diciembre de 2008

Emancipación

Dicese de: Tener olor a pata y que no te importe. Colgar las medias con olor a pata donde más te plazca. Pasear descalzo y con olor a pata. Cocinar cosas que no tenés mucha idea cómo cocinar. Quemar una sartén. Quemar comida. Quemarte los dedos. Bañarte con agua fría. Dejar el calefón sin agua caliente. Sexo. Medir la distancia entre las manchas del techo del cuarto. No medirlas. Buscar formas de caras en las paredes. Sexo. Mirar a un punto X sin razón aparente. Pintar la pared. Cantar en la ducha. Corrección, cantar fuerte en la ducha. Hacer la cama. No hacer la cama. Pararte con las manos y apoyarte contra la pared. Hacer ruedas carnero en el living. Quedarte quieto. Dormir siestas. Pensar. Dibujar. Escribir. Quedarte quieto. Jugar. Jugar. Jugar. Jugar. Poner la música al mango. Poner la música bajita y tirarte en el piso. Hacer reglas. No hacer reglas. Mirar al cielo. Lavar las ventanas. Lavar. Barrer. Fumar. No fumar. Guardar cosas en rincones. Tener lugares secretos. Conversar. Mirar la lluvia. Saltar bajo la lluvia. Putear a la lluvia. Llorar. Gritar. Putear. Dejar la puerta abierta. Tomar mate. Roncar. Correr. Comer bizcochos. Hacer fuego. Apagar la luz. Soñar. Prender la luz. Hacer caca. Mear. Errarle al water. Regar plantas. Tener flores. Esperar a que llegue la noche. Mirar la televisión. Sexo. Colgar ropa. Descolgar ropa. Divertirte. Aburrirte. Divertirte. Aburrirte. Enojarte. Alegrarte. Almorzar. Merendar. Cenar. Desayunar. No comer. Pagar cuentas. Ahorrar. Soñar. No salir. Encontrar cosas para hacer. Jugar. Saltar. Dormir. Ordenar. Cambiar cosas de lugar. Pintar. Escribir. Sexo. Tomar mate. Entra por la puerta. Salir por la puerta. Entrar por la puerta. Dibujar el marco de la puerta. Esconder cosas. Estar triste. Estar feliz. Estar feliz. Estar feliz. Reír.


Sin final.

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viernes, 14 de noviembre de 2008

El País que no tenía voz

Es feo sentir que estas palabras hacen más ruido que las que salen de mi boca. Hace tiempo que nos hemos dedicado a escribir, a dejar sobre el papel los ideales comunes y las revoluciones interiores. Hace tiempo ya no escuchan, y de a poco la voz va a dejar de funcionar. Se rasga la garganta y ya no sale nada, ya no hay cantautores ni canillitas. Febrero ya no tiene su coro de murga y el guarda no te echa para el fondo. Las viejas en la calle no conversan y la radio del portero dejó de funcionar. La gente ya no saluda y en los bares no se oye ni un solo grito de gol.
Estamos en silencio, nos dejaron de escuchar.
Todavía me acuerdo lo que sentía cuando hace 5 años voté por un cambio en el que todavía creo. Lo que me cuesta creer es que ellos no se acuerden. Después de tantos años de pelear, de salir a la calle a hacernos oír, para gritar la revolución que todos teníamos adentro y que compartíamos como nunca. Se respiraba un aire diferente, un aire de que podíamos hacer cosas, de que podíamos cambiar el rumbo de las cosas y de que había sueños que se podían hacer realidad.
Sin embargo les hemos dado el lugar a viejos que han perdido su revolución. Se olvidaron de todo. Los que predican por la memoria se olvidan de todo, que ironía.


Recuperemos la voz.
Peleemos por la Ley de Salud Sexual y Reproductiva.

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