lunes, 5 de octubre de 2009

El medio del mar

Se acostó en su cama cuando era cerca de la una de la mañana. Cerró la ventana que había permanecido abierta durante el día cuando el aire era más templado y tomó un cuaderno y una lapicera que estaban en el escritorio a centímetros de la almohada. Observó el horizonte de la cama con la nostalgia de las primeras lunas en ese lugar; cuando no había armario ni cajas ni estantes ni una decente biblioteca que con el tiempo había sabido armar. Cuando la soledad de la noche no era soledad sino curiosidad, cuando estaba todo por hacer y los sonidos eran nuevos y todo era nuevo. Ahora quedaba la rutina, la alarma del despertador de su teléfono celular, las manchas de humedad en la pared y el levantarse en la mañana para empezar una nueva semana de ociosa agonía. Pasado el mediodía debería enfrentarse una vez más a la búsqueda de un empleo que pusiera sobre sus hombros una nueva rutina, una diferente a ésta que lo malhería cuando ya no quedaba agua en el termo. Más tarde, cuando cayera el sol del lunes iría a una reunión y cumpliría con sus deberes sociales sólo para que ese día fuera diferente al siguiente.

Abrió el cuaderno que rompió el silencio de la noche con sus tapas nuevas y hojas casi sin uso. Descargó en garabatos y anotaciones sus últimas frustraciones y pensó en dormir para sentirse bien. Para no sentir. Había llorado mucho los últimos dos días y había comenzado a necesitar la cama como un náufrago necesitaba una rama que lo ayudara a flotar en el medio del mar. Debajo de la sábana iba a la deriva hasta el nuevo día donde su naufragio llegaba a su fin y donde a la noche siguiente volvería a naufragar y se descansaría en la tranquilidad de la lejanía. En el mar no se puede hacer nada más que esperar. Esperar a ser rescatado o entregarse a las improbabilidades e incógnitas del destino. Él ya no pensaba desde hacía algún tiempo en su destino. Lo había dejado en el fondo de un cajón, perdido entre sus anotaciones y garabatos, escondido en contratapas, sumergido entre lo descartado, olvidado para evitar la tormenta. Navegaba sin rumbo esperando encontrar una orilla o mejor aún, esperando a que una orilla lo encontrara a él.

En el primer renglón de una hoja en blanco escribió un título, algo que había sido producto de una revelación, de una sinceridad que no buscaba pero que apareció un sábado por la tarde y que ahora recordaba y lo recuperaba del fondo del mar. Era una simple anotación para un después pero sabía que había entendido con ella buena parte de una antigua necesidad, de su expresión e identidad. Había puesto un resplandor en el horizonte nocturno de aquella cama y una sonrisa de esperanza en el náufrago que lo observaba con lágrimas en los ojos. Se recostó contra la almohada y tomó una bocanada de aire para descansar, para que su corazón dejara de latir con tanta ansiedad y para que aquellas lágrimas fueran las últimas de la noche, ahora que el mar estaba en paz.

Volvió a pensar en dormir. Pero esta vez pensó en no naufragar y sí en la alarma del despertador en su teléfono celular. Se levantaría todavía con el sol bajo y el aire fresco de la mañana y buscaría las mejores palabras, las más sinceras, para relatar cómo fue que dejó el medio del mar.

3 comentarios:

Santi dijo...

Me encantó pp, ¡basta de depresión! por lo menos hasta que toque devuelta.

CHeCHa dijo...

esto es tremendo pepein.
tremendo de buenísimo, de acertadísimo, de atrapante y demás apelativos.

siga

Pepe dijo...

Se agradece muchísimo.