miércoles, 15 de octubre de 2008

D.I.O.S.

Eran casi las 8 de la noche y empezaba a caer esa garúa finita que parece que no, pero moja. Alrededor se veían, se sentían, gargantas estrujadas, pulmones que casi no respiraban, ojos bien abiertos y dientes apretados. La sensación de lo perdido por perdido una vez más y la inhabilidad de hacer de eso algo cierto.
Eran casi las 8 de la noche y ese casi era devastador. Alguno había que ya tenía las manos sobre la cara, impedido de poder ver lo irreversible, mientras lo que quedaban eran monedas, un cambio inservible y millones de insatisfechos. Algo había que hacer, y de una suerte de ateo salió la fe. Miré a las nubes y le hablé, apretando las manos y entrecruzando los dedos.
Hubo que esperar para ver, pero me escuchó.

2-2.

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